¿Cómo reaccionamos ante las catástrofes?

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Viendo en las noticias los destrozos que ha ocasionado el desbordamiento del rio Garona por la Val d’Aran, una no puede dejar de pensar en los nervios que habrán pasado todas las personas de las zonas afectadas, en lo que habrán vivido aquellos a  los que tuvieron que evacuar, y en lo que estarán viviendo aún aquellos que han sufrido pérdidas.


En el día a día, es relativamente habitual encontramos con problemas que pueden estresarnos. Dependiendo del tipo de problema, se nos pueden activar diferentes respuestas emocionales, como miedo, tristeza, ansiedad, frustración o rabia, y estas además, pueden venir acompañadas de sensaciones corporales como tensión muscular, sensación de mareo, aceleración de la respiración, palpitaciones,…. Son reacciones que aunque nos incomoden, actúan como mecanismos de defensa, y tienen la misión de prepararnos para enfrentarnos a los peligros, sean reales, o no.

Desde niños, y al ir superando las dificultades, vamos comprobando que podemos hacer frente a esas situaciones,  vamos desarrollando recursos, y maduramos, aprendiendo a ser tolerantes con la frustración y más eficientes para conseguir nuestros objetivos. Las familias y los grupos de pertenencia como los amigos, son redes de apoyo, y todo ello modula nuestra personalidad, nuestra capacidad de adaptación y de resiliencia para recuperarnos después de una adversidad. Pero hay situaciones, como la que mencionaba al principio sobre el rio Garona, que podríamos calificar de extremas, ya que superan los límites de resistencia y flexibilidad de los individuos.

Las catástrofes, ya sea por causas naturales o provocadas son protagonistas a diario en los medios. Desde inundaciones, guerras, terremotos, ataques terroristas,…, y todas ellas suelen tener consecuencias a varios niveles. Pueden provocar la pérdida de vidas, pérdidas económicas, destrucción ambiental y de las infraestructuras, deterioro del entorno físico y social, carencia de servicios básicos, desintegración familiar,… sobrepasando la capacidad de hacerles frente de las víctimas. Así, rompen las defensas del individuo, quien cree que sus recursos son insuficientes, y producen alteraciones emocionales de mayor o menor gravedad según tres factores:

  • La naturaleza del evento traumático: los eventos inesperados, los ocasionados por el hombre, los que son duraderos y los que afectan a un colectivo suelen producir más impacto. Los inesperados generan impotencia, pánico, las producidas por el hombre producen odio y el deseo de venganza. Si son sucesos prolongados se suele llegar a una fase de desesperanza y agotamiento, y si es una situación colectiva, el conflicto se multiplica y se pierde la red social de apoyo.
  • Las características de las víctimas: según su personalidad, sus debilidades y fortalezas, la edad,…
  • El entorno y las circunstancias: si puede recibir ayuda y recursos,….

Las reacciones durante una catástrofe, son muy diversas. Las personas pueden experimentar, desde un temor que les paraliza, hasta agitación, y desde insensibilidad al dolor a dolor extremo. Y tras la emergencia, las reacciones también son diversas. Se puede sentir ansiedad y miedo, pueden venir recuerdos del acontecimiento, puede haber problemas para dormir, disminución del apetito, irritabilidad, dolores y quejas somáticas,… Con el tiempo, y según las facilidades del entorno que cada uno tenga, se tiende a recuperar la capacidad funcional que tenía la persona, pero en ocasiones, los dolores psicosomáticos, la tristeza y la ira se siguen experimentado por mucho tiempo, a lo que pueden sumarse sentimientos de culpa. La normalización emocional es muy variable en tiempo y en características, pero a partir de tres meses se debería dar una reducción progresiva de las reacciones adversas iniciales. Algunas señales de alerta serían apatía y fatiga crónica, ideas de suicidio, duelos que no se superan, y síntomas de estrés postraumático.

El TEP o trastorno por estrés postraumático puede aparecer en personas que han experimentado o presenciado, o a las que les han explicado, algún acontecimiento en el que veían amenazada su vida o su integridad, o la de otros. Los síntomas pueden  empezar a notarse de inmediato, tras el incidente, o quedar latentes y aparecer meses o años más tarde, aunque esto sea menos frecuente, y pueden durar mucho tiempo o recuperarse enseguida. Pero por fortuna, hay datos que muestran que aunque todos los afectados estén confundidos y tensos tras haber vivido una catástrofe, la mayoría de personas, entre el 70% y el 80% no sufrirá ningún problema mental y no necesitará ayuda psicológica.

Y la pregunta que me hacía viendo las imágenes era ¿es necesario enviar equipos de apoyo psicológico a las situaciones de emergencia?, ¿es una ayuda que se tiene suficientemente en cuenta? Hay evidencias de que aquellos que reciben apoyo psicológico justo después del evento traumático, serán menos propensos a sufrir TEP que los que no reciben ayuda, y que una buena evaluación y análisis de las necesidades podrá conducir a una intervención psicológica que facilite la asimilación y superación del trauma. Los objetivos de la intervención psicológica individual en este tipo de sucesos suelen ser:

  • Ofrecer apoyo y favorecer la expresión de emociones.
  • Facilitar la elaboración del duelo (ya sea de seres queridos, o objetos con los que se sentía vinculado)
  • Ayudar a la persona a comprender y aceptar su nueva realidad.
  • Potenciar y desarrollar recursos
  • Ajustar la autoestima

Pero cuidado, porque la necesidad puede ser no intevenir…. Se ha de vigilar con las buenas intenciones, ya que se suele creer que animar a hablar de lo sucedido para ventilar las emociones ayuda, y en cambio hay estudios que muestran que no siempre es así. El Dr. Mark Seery, profesor de la Universidad de Buffalo, investigó ese tema, para lo que contactó por internet con 2138 personas que vieron el atentado de las torres gemelas del 11S en Nueva York. Les dio la oportunidad de escribir sobre sus pensamientos y emociones, y lo hicieron 1559, pero 579 prefirieron no explicar nada. Tras dos años de seguimiento, la sorpresa fue observar que cuanto antes se hablaba de lo ocurrido, más incrementaba la posibilidad de desarrollar TEP. La explicación que se ha dado es que revivir el suceso, especialmente si es en grupo, aumenta la ansiedad y la tensión. Aún así, se debe saber que el estudio tenía algunas limitaciones, ya que no se comprobó la salud física y mental de los participantes, no se puede saber si las personas que se vieron afectadas, aún lo hubiesen estado más si no se hubiesen podido expresar, y además el estudio se llevó a cabo en un contexto difícil de generalizar.

A pesar de todo, parece razonable que tras una experiencia traumática, las víctimas no siempre desean ni necesitan hablar de lo ocurrido, no siempre desean explorar sus emociones, pero requieren seguridad, comprensión, ayuda en las cuestiones más prácticas y un poco de tiempo. Conviene recordar que una misma situación, no afecta a todos por igual, y que la gran mayoría conseguirá superarlo por si mismo. En caso de que no sea así, y la persona necesite hablar, o no mejore, o incluso se sienta peor al cabo de unos días, es cuando la ayuda de un profesional deberá tenerse en cuenta. Así que volviendo a la pregunta… ¿es necesario enviar equipos de apoyo psicológico a las situaciones de emergencia? Si, para quienes lo necesiten, pero no, como algo obligatorio por lo que hay que pasar.

Muchos ánimos a los afectados por el rio Garona.

Un abrazo

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